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CHILE.- “Papá, papá, ¿por qué falleció mi mamá?”. La nena de cinco años interrumpe su juego y se cuelga del cuello de su padre en espera de una respuesta que él no tiene.

“Porque estaba enfermita”, responde José Collantes Navarro, con la poca compostura que le queda.

Ahora no llora, pero en otros momentos este peruano de 36 años que lleva ocho viviendo en Chile no logra contener las lágrimas. “No vayas a llorar”, le reitera a menudo su pequeña Kehity.

La nena —explica su padre a The Associated Press— no ha llorado desde que su mamá se infectó del nuevo coronavirus y murió a mediados de junio. La respuesta que le repite a su hija es la más evidente, pero ni a él mismo le basta: ¿por qué está muerta? ¿Fue el COVID-19 o hubo fallas en los cuidados hospitalarios que recibió? ¿Por qué si él y Kehity también se contagiaron, sólo ella falleció?

Su historia no dista mucho de la de otras víctimas de COVID. Se sabe que en una misma familia algunos enferman y otros no. Algunos tienen síntomas y otros no. En algunos infectados, dependiendo diversos factores, el daño y el deterioro puede ser rápido y en otros no. Algunos se recuperan; otros, no. Sin embargo, esto no es consuelo para José y su caso visibiliza la tristeza y las preguntas que le quedan a quien pierde a un ser querido por la enfermedad. Para algunos, la tragedia no termina cuando el virus abandona su cuerpo.

El tiempo sólo aumenta las dudas. La mujer de José —Silvia Cano Campos, también peruana, de 37 años— estaba bien a principios de mayo y ahora ya no está. Su vida sigue rota y no logra repararla. ¿Cómo seguir sin ella?

Como él, otras 15.000 familias perdieron a sus seres queridos en Chile por COVID-19 y la mayoría no pudo despedirse ni realizar funerales.