Uno de los grandes problemas que carga el proceso educativo es el de la formación integral. A lo largo de años se van acumulando deficiencias que son difíciles de resarcir.

En la medida en que los estudiantes van avanzando en los años escolares enfrentan a menudo procesos de formación desigual. Esto tiende a agudizarse particularmente cuando se pasa de la primaria a la secundaria, de la secundaria a prepa y de la preparatoria a la universidad.

Las evaluaciones integrales, que no draconianas o persecutorias, permiten tener una idea acabada de donde están parados los estudiantes en el proceso de formación; no es la panacea, pero es un referente.

No todo lo que pasa en las aulas es detectable y evaluable. Se conjuntan muchos elementos no necesariamente medibles, como puede ser el caso de los estados de ánimo y la relación entre maestros y alumnos.

Las evaluaciones no resuelven todo porque no todo se puede remitir a un examen, el cual puede estar determinado por causas ajenas a los propios estudiantes. Lo que importa es que los alumnos aprendan a pensar y a decidir, pero para ello la herramienta fundamental es el conocimiento y la interrelación que se establece en el aula lo que lleva también a desarrollar la personalidad del estudiante y la construcción de un proceso profesional y de vida.

El problema de ir acumulando rezagos es cómo se va buscando la forma de recuperar la formación de los estudiantes. No es sencillo debido a que ante cada año lectivo obliga a una serie de objetivos a atender y rezagarse para recuperar lo que no se hizo es de nuevo rezagarse en función del nuevo año lectivo.

En todo este apasionante proceso está el gran eje, los maestros. Su formación es otro factor a considerar. Si con razón se tiende a cuestionar el desarrollo del proceso escolar está claro que todos terminan por ser sujetos de evaluación.

La oportunidad que tiene el país respecto a la transformación de la educación es única e inédita. Hay una conciencia general que incluye a todos quienes intervienen en el proceso de que la educación debe transformarse de manera integral.

Esto debe pasar por el desarrollo educativo en las normales, las cuales son el centro de enseñanza-aprendizaje de los futuros maestros. La historia de las normales tiene pasajes virtuosos, castigados y desiguales.

El país debe atender particularmente el proceso formativo de los maestros. No se trata de señalarlos como se ha querido insistir, se trata de saber exactamente cómo están formados, porque siendo ellos el eje del proceso de enseñanza-aprendizaje lo que hagan y no hagan se convierte en parte fundamental de la educación.

¿Deben los egresados de las normales tener una plaza en automático? No es una pregunta fácil de responder. Hemos caído en los terrenos de la rentabilidad política más que en una reflexión profunda del proceso educativo y el papel que juegan los maestros.

Muchas de las respuestas que se han dado a la pregunta pasa más por resolver una demanda político-laboral que por una reflexión sobre cómo transformar integralmente el proceso educativo. No hay respuestas sencillas porque no es un problema sencillo, pero verlo desde la óptica de respuestas políticas para resolver lo que se plantea como un problema político no le ayuda en lo más mínimo al objetivo que se busca en la educación.

La preocupación de muchos respecto a la evaluación se debe a cómo se han desarrollado, pero no hay manera de no tenerlas porque es necesario saber en el proceso de formación cómo y en dónde estamos parados.

Ceder ante presiones políticas, tomas de instalaciones, paros y plantones muestra caminos equivocados que llevan más a la rebatinga política que a poner la educación en el centro de todas las decisiones.

RESQUICIOS.

Vienen las siempre celebrables fiestas patrias. La 4T va a echar la casa por la ventana, ya escucharemos nuevos nombres y consignas, con su respectivo ¡viva!, el domingo; felices fiestas.