Era el año de 1997 cuando cumplí 16 años y mis papás me regalaron un coche. Era un Ford Tempo, americano modelo ´81, con 17 años de estar circulación y con una calcomanía de la Onapaffa en el parabrisas. Era un coche viejito, lejos de ser el deportivo con el que soñaba. Pero me movía, me llevaba y me traía, a todos mis destinos de aquel entonces. Claro, en mi prepa, había quienes llegaban en coches del año, había quienes manejaban convertibles y yo… pues llegaba en mi “chocolate”.

En una ocasión, al terminar las clases, una compañera me pidió “ride” a su casa. Caminamos al estacionamiento y cuando nos detuvimos frente a mi coche color azul cielo se le escapó una risa burlona. Ni siquiera se esforzó en disimular la carcajada. Me tragué el coraje, manejé en silencio y al detenerme al frente de su casa le dije: “Mi carro está viejito, pero te trajo hasta tu casa. Que pases buena tarde”. Mi compañera escondió el rostro avergonzada y entró directo a su casa.

El Tempo era un coche duro, pesado, de fierro. Lo cuidaba muchísimo; tanto que nunca lo rayé, ni me dieron ningún golpe ni mucho menos lo choqué.

Dos años después, en 1999 mis papás me cambiaron a uno más nuevo, ahora manejaba un Ghia 1991. Estaba precioso, de manejo suave, automático. No era del año pero estaba muy bien cuidado, con poquito kilometraje y la pintura impecable. Me encantaba y yo sentía que me daba otro estatus, algo más alto y exclusivo.

Ese carro increíblemente lo choqué como 4 o 5 veces. Cada golpe me dolía muchísimo… ¡mi carro! ¡Tan bonito, tan nuevo…! Tan hecho pedazos.

Tiempo después una de mis hermanas me pasó su coche, era un Derby estandard pero de más reciente año, luego, con grandes esfuerzos, aumenté a otro año mas reciente compré un Jetta el cual me tardé casi un año para completar la diferencia que eran treinta mil pesos, éste último lo vendí para irme a estudiar a España y así sucesivamente. En cada compra procuraba que mi automóvil fuera un poco mejor que el anterior: un poco más grande, un poco más nuevo, más bonito o moderno. Así, me tardé 20 años en comprarme el carro deportivo con el que soñaba y que actualmente tengo.

¿Para que contarte esta historia? Si eres mayor que yo, sabrás que cuando nos endeudamos para conseguir lo que queremos disfrutamos mas las cosas materiales y nos sentimos satisfechos porque con cada compra vamos midiendo el propio crecimiento personal y la propia evolución de nuestro negocio o trabajo. Pero si eres menor que yo, quiero decirte lo siguiente: han sido años de trabajo duro, de ahorrar, de desvelo. Me ha costado…. y creo que por eso lo disfruto más.

Es una satisfacción inmensa, genuina, toda mía, sin deberle nada a nadie mas que a mis padres por siempre mostrarme el camino de la auto realización. Todo es mío, mi premio, mi mérito.

Hay quienes tienen mucha suerte y les regalan los coches, las casas, los estudios, los viajes, los gastos del día a día y en verdad me da mucho gusto por ellos, pero sin importar cuál sea nuestra historia quiero decirte que busques algo que tu puedas elegir, algo que te cueste, y si encuentras algo que puedas conseguir con tus propios méritos, ¡hazlo! Te harás más fuerte, madurarás más pronto y sin duda te volverás más sabio.

Sin metas, sin deseos, sin sueños o sin aspiraciones la vida es aburrida. No se trata solo de vivir metido en las redes sociales, casarse, tener hijos, pagar las cuentas, o viajar. Se trata de ponernos retos sin importar cuan pequeños o grandes sean.

La vida nos ofrece retos muy distintos, a veces familiares, otras económicos, laborales, sentimentales o de salud. Cambiar de coche no es la meta, no se trata de lo material, ni si quiera de acumular riquezas, sino de mirar atrás y ver con una sonrisa cuánto hemos avanzado.

Mi nueva meta es comprarme mi propia casa, ¿cuál es la tuya?

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