Pocas instituciones miden tan claramente la temperatura al país como la UNAM. A la universidad se le admira, respeta, quiere; se le reconoce como un orgullo de la sociedad, pero también se le persigue, agrede y usa.

Todo lo que pasa en su interior tiene repercusiones, nada pasa por alto. Quienes intentan alterarla saben de la importancia que tiene y lo que puede repercutir el hecho de atacarla o alterarla.

La comunidad universitaria es consciente de la trascendencia que tiene su institución. Un ataque, como el que se perpetró hace unos días a la Rectoría y a la librería Henrique González Casanova, a nadie le pasa por alto.

Queda claro que, independientemente de la atendible manifestación de un grupo de estudiantes, los llamados “anarcos” encontraron en la marcha, la posibilidad de alterar los ánimos de la universidad, aprovechando, además, nada es casual, que ayer Enrique Graue fue reelecto por la Junta de Gobierno como rector.

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Los “anarcos” se aprovecharon de la marcha como lo han venido haciendo, ante la pasividad de las autoridades; se infiltran, violentan, agreden, atemorizan y vandalizan. Se han ido aprendiendo el guion y el camino porque hasta ahora se saben o se sienten intocables.

No se trata de que este grupo sea atacado sin ton ni son, como si eso resolviera el problema, de lo que sí se trata es de aplicar el Estado de derecho. Llevamos mucho tiempo teniendo demasiado cuidado y extrema prudencia en aplicar la fuerza del Estado. Los “anarcos” se han dado cuenta de que, hagan lo que hagan, no pasa mucho y si los detienen, a los 10 minutos los liberan, porque no “vaya a ser que terminen como presos políticos”.

Como institución autónoma y de libertades, quienes hemos pasado por la UNAM sabemos que vive a menudo expuesta. La comunidad universitaria es pujante, sensible y consciente de ello. Hay cosas que se presentan en la UNAM que no gustan, pero se entiende que es una institución plural, en donde caben todo tipo de corrientes de opinión.

Debido a esta efervescencia e intensidad histórica, es claro que cualquier cosa que pase en la universidad puede ser detonante de un problema mayor que, incluso puede alcanzar al país, nada de lo que le pase y viva debe soslayarse, porque es como una gran caja de resonancia.

La terna para elegir rector de la UNAM fue, por muchos motivos, atractiva. Cada uno de los candidatos representa diferentes dinámicas y pensamientos universitarios. Da la impresión de que Pedro Salazar y Angélica Cuéllar, tarde que temprano, podrían ser rectores de la universidad.

El reto para el doctor Graue está en consolidar lo que se ha hecho en los últimos años, pero también en modernizar en todos los sentidos a la UNAM. Ser rector es un trabajo profundamente complejo por la infinidad de escenarios que cotidianamente se enfrentan.

Ejemplo de ello es el hecho de que Filosofía y Letras esté en paro, con un auditorio tomado desde hace muchos años y que Ciencias Políticas esté en rumbo de lo mismo.

Al mismo tiempo, el rector va a tener que enfrentar una cierta distancia que el actual Gobierno ha tomado con las universidades, hasta ahora, la UNAM y el IPN han librado las luchas callejeras por mejores presupuestos, pero es evidente que ante la austeridad como forma de vida en que andamos, y si en el Gobierno no entienden el valor de las universidades en la vida del país, hay indicios de ello, tarde que temprano no quedará de otra que librar luchas callejeras.

En función de los tiempos en que estamos, la permanencia del doctor Graue le va a permitir a la universidad cerrar un buen ciclo.

En medio de tanta intensidad política, la UNAM sin dejar de estar expuesta y vivir situaciones límite, sigue siendo el centro de debate y un faro para la sociedad.

RESQUICIOS.

No hay día en que la UIF no dé a conocer alguna investigación por referencia a las tropelías del pasado sexenio. Va a ser muy difícil que no lleguen hasta arriba porque todos los caminos llevan a Peña Nieto.