Foto: Posta
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Bill Gates lo dijo desde hace muchos años: las guerras más terribles serán contra los virus y las bacterias y hay que hacer algo al respecto. Pero muy pocos le hicieron caso. Obviamente se basaba en un montón de estudios científicos y de proyecciones muy serias. Por lo tanto no parecía un invento o una mentira, pero simplemente para los gobiernos no había una urgencia clara, no era algo evidente. Y es que ese es precisamente el problema, que no es fácil priorizar cuando las amenazas no se ven y todo parece estar bien.

Cuando vamos a invertir en un seguro de gastos médicos, por ejemplo, no lo hacemos porque nos sintamos mal en ese preciso momento, es porque tenemos la capacidad de entender que existen probabilidades altas de que nos enfermemos y que es mejor estar preparados para cuando eso suceda. No es entrar en pánico, ni exagerar, ni atraer a la enfermedad, ni vivir pensando en el futuro. Es una forma inteligente de planear para vivir mejor. Y si al final la enfermedad no llega, pues qué bueno. Tuvimos salud y además paz mental. Aunque claro, algunas personas podrían enojarse y decir “para qué pagué tanto si ni siquiera me enfermé”, “para qué nos preparamos para una pandemia si hace mucho que no sucede”, y esa es la actitud que habría que evitar de ahora en adelante.

Los ciudadanos tenemos que exigir a los gobiernos del mundo que inviertan mucho más tiempo, dinero y energía para la prevención epidemiológica, porque al final saldrá menos caro tanto en vidas humanas como en lo económico. Ojalá que esta situación de crisis mundial que estamos viviendo sirva para que entendamos los riesgos y las amenazas, no solo en estos momentos que lo vivimos, sino cuando pase lo peor y todo vuelva a la normalidad. La ciencia debe ser la verdadera brújula para la toma de decisiones políticas, porque esta no es la primera ni será la última pandemia que enfrentemos.

APUNTE SPIRITUALIS. Y sí, los científicos se pueden equivocar, por supuesto. Pero suelen corregir mucho más rápido que los políticos.