Los republicanos en Estados Unidos tienen todo el derecho de aprovechar una oportunidad para aumentar su espacio de influencia. Ante la muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg, quien fue toda una institución para el avance progresista norteamericano, los conservadores pueden mover aún más la balanza de la Suprema Corte a su favor, y el presidente Donald Trump por supuesto no dejará pasar el momento. Lo haría un presidente demócrata si la situación fuera al revés. De hecho hace cuatro años, uno lo intentó.

El problema no es ese hecho político puntal, esperable en cualquier democracia. Lo criticable es la hipocresía. De los dos lados siempre, aunque en este caso resalta la republicana. Hace cuatro años el entonces presidente Barack Obama nominó a un nuevo juez ante el fallecimiento de Antonin Scalia y los republicanos alzaron la voz para detener el proceso (cosa que, al tener mayoría en el Senado, lograron), con el argumento de “dar al pueblo la oportunidad de decidir”. Hubo incluso personajes como el senador Lindsey Graham que pidió que grabaran sus palabras para una posible situación en la que un presidente republicano (como es el caso de Trump), en un año electoral (como en el que estamos ahora), quisiera sustituir a un juez (como está sucediendo), y que él no apoyaría dicha acción (cosa que fue una vil mentira).

Esa actitud es la que no tiene justificación alguna. Solo mienten y ya. Utilizan argumentos manipuladores, en lugar de jugar limpio. Hoy utilizan el argumento de la “tradición” (en años electorales con presidente y senado de distintos partidos, se espera a la elección; si son del mismo partido, se procede a la sustitución del juez), pero ese no fue el argumento de hace cuatro años. Lo que están comunicando es: “no nos importa nada más que el poder y mentiremos y manipularemos si es necesario”. Por eso se pierde la fe en los políticos.

APUNTE SPIRITUALIS. Imaginemos un mundo en que la competencia política sea dura pero limpia, y con visión de Estado. ¿Se podrá?