Recientemente leí la historia de Ernest Shackleton, un explorador que asumió el reto de cruzar la Antártida. A principios del siglo XX, el Polo Sur era una tierra desconocida, solitaria e inhóspita, con temperaturas terriblemente frías de hasta 80 grados bajo cero. Sin embargo, si tenía éxito la corona inglesa, quien patrocinaba la expedición, le daría premios, fama y grandes honores.

El explorador se puso al frente de la tarea y lo primero que hizo era seleccionar su tripulación. Puso un anuncio muy singular, pues mencionaba que habría un sueldo bajo, peligros, condiciones extremas y honores “en caso de éxito”. Para su sorpresa, decenas de hombres respondieron al llamado.

Pensé: “Si yo fuera la líder de esa expedición, ¿cuál sería la característica definitiva para escoger a cada uno de mis tripulantes?” Podría ser la experiencia previa, o tal vez la preparación técnica, la fuerza física, las recomendaciones que avalen al candidato… todo eso importa, pero no es lo más importante. La característica clave para una misión que se anticipa retadora es la actitud.

En una misión como la de Shackleton, la actitud puede hacer la diferencia entre vivir o morir, pero incluso en terrenos más urbanos y más de nuestro siglo la metáfora aún tiene sentido. La actitud puede ser el elemento que hace la diferencia entre vivir (es decir triunfar, tener éxito, conservar un trabajo, lograr un ascenso, robustecer la empresa, crecer el negocio, ganar renombre internacional…) o morir (o sea fracasar, perder dinero, perder la inversión, quedarse sin trabajo, descender en lo laboral… ). Por ejemplo, si somos honestos hay ocasiones en que el trabajo francamente va mal… no dan las ventas, no hay clientes, el jefe anda de mal humor… Pues la actitud es clave. Con una actitud negativa, vamos a sufrir todo el tiempo: Si nada más estamos pensando: ayyyy otra vez esto salió mal… ayy pues como quieren clientes si estamos en plena crisis… ayyyy este viejo otra vez con su pinch* genio. Sin embargo, con una actitud objetiva la situación puede ser mucho más llevadera. Podemos pensar: pues sí ahorita las cosas no van bien… pero es temporal, total esto no va a durar para siempre. Una actitud positiva puede hacer toda la diferencia al pensar: ¿qué puedo hacer para que esta situación cambie?

Los ejemplos anteriores están muy enfocados al ambiente de trabajo, pero también se aplican a relaciones familiares, de amigos de pareja. Incluso a la relación que tenemos con nosotros mismos. ¿Qué actitud tomamos frente a la manera en que nos llevamos con nuestros hermanos o con nuestros padres? ¿Cómo nos sentimos frente a la soltería o frente a un matrimonio con muchas áreas de mejora? ¿Cómo nos sentimos ante las cosas que hemos logrado en lo personal? ¿Cómo nos sentimos frente a todo lo que nos falta hacer?

Considero que en general hay que darle mucho más peso a todo lo que sí tenemos, lo sí hemos logrado, lo que sí es positivo y no tanto a las carencias o negatividades. Siempre, siempre hay algo que podamos agradecer. Una actitud optimista y de agradecimiento nos lleva a vivir una vida más plena y feliz.

El viaje de Shackleton salió muy distinto a lo planeado. A los pocos días de zarpar se quedaron atorados entre los icebergs y tuvieron que descender del barco porque se hundió. Acamparon en el desierto de hielo y casi dos años después el explorador logró que los 28 hombres que integraban su equipo regresaran sanos y salvos a casa. ¿La misión fue un éxito o un fracaso? Es cuestión de actitud.

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