Es bien sabido que tendemos a imitar la conducta de quien está al lado. Quienes nos rodean ejercen una influencia sobre nosotros. Nuestros padres, hermanos, pareja, hijos, jefes y colegas están irradiando su forma de ser y lo absorbemos. Incluso hay quien afirma que nos convertimos en la mezcla de las cinco personas con las que más convivimos. No sé qué tan cierto sea, pero lo cierto es que repetimos lo que vemos. Por eso, es tan importante cuidarnos entre todos, vigilar el comportamiento de todos, corregir lo que no está bien y aplaudir las acciones dignas de reconocimiento, porque al final… nos afecta a todos.

La semana pasada regresé de Panamá. Tenía varias horas libres antes de tomar siguiente conexión, por lo que pasé un buen tiempo en el aeropuerto. Durante la tarde me percaté del llanto desesperado de un bebé. Su mamá y su hermanito tenían los rostros de quienes han pasado por un tramo largo y agotador, pero saben bien que el descanso no está ni remotamente cerca.

Siempre he tenido “buenos brazos” para los bebés, por alguna extraña razón tengo el don de dormirlos rápido o tranquilizarlos. Así que me acerqué a la mamá y le pregunté si podía cargar al pequeño. Me dijo que sí. Noté que estaba empapado en sudor. Lo mecí un poco en los brazos y traté de refrescarlo. Al poco segundos el bebé estaba en silencio y en total calma. Cuando le pregunto a la mujer, ¿estás bien? soltó en llanto y la abracé.

Entre lágrimas, cansancio e impotencia me contó que su vuelo se había retrasado más de 24 horas y que, como sus tarjetas de crédito habían sido expedidas en Venezuela no estaban funcionando adecuadamente y por tal motivo no le quisieron aceptar pagos en efectivo para entrar a una sala de espera mucho más cómoda para esperar hasta el día siguiente que salía su vuelo, aún le faltaban dieciseis horas de espera para su vuelo. Mientras me platicaba, amamantaba al bebé y comíamos, otra persona se percató de la situación y se unió a la ayuda y le trajo las bebidas a ella y a su hijo mayor. Por medio de mis tarjetas yo tenía acceso a la sala, entonces la acompañé y tras explicar su situación, le facilité la entrada. Todos los presentes se dieron cuenta. Ella, por fin, pudo apoyar la espalda sobre el respaldo del sillón y respirar ya que largas horas de espera le venían encima.

En qué momento nos hemos vuelto tan insensibles los seres humanos que al ver el cansancio y la impotencia de una madre sea más importante una tarjeta de crédito cuando el dinero no era el problema, el efectivo que ella tenía cubría el gasto del servicio. Señores, no seamos insensibles ante el dolor o cansancio humano. Así como una mentira lleva a seguir mintiendo y una transgresión acarrea a otra, la bondad también genera más bondad y se contagia a los demás. Lo importante es iniciarla, accionarla. En un mundo donde lo “normal” es nada más ver por uno mismo, debemos perderle el miedo a ser diferentes.

Es distinto a hacer labor filantrópica o de caridad. Se trata más bien de darnos cuenta y ser más sensibles en lo que nos rodea todos los días sabiendo que todos estamos conectados y que, si tenemos la oportunidad de cuidarnos entre todos en el diario vivir, estaremos iniciando una cadena de buenas acciones.

Después de todo, es muy posible que volvamos a coincidir en el camino es por eso que si lo hicieres por un familiar o amigo, te invito que también lo hagas por un desconocido.

Hoy por ti y mañana por mi.

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