No hay una clase que nos enseñe a ser ciudadanos, a cómo comportarnos en una democracia, cómo detectar las necesidades de nuestros municipios, estados o países. Muchas veces no sabemos ni quién es nuestro diputado y nos representa ante el congreso. Menos sabemos comunicarnos asertivamente con nuestros gobernantes. Ni siquiera voy a hablar sobre cómo y qué exigirles.

Como ciudadanos nos acercamos a la política como quien entra a un buffet: probamos un platillo, luego un segundo, y luego un tercero. Ninguno nos ha gustado del todo; no nos ha dejado satisfecho. Nos acercamos a la barra indecisos, hambrientos, pensando si nos vamos por una cuarta opción, si nos regresamos a lo que ya conocemos o si incluso pudiéramos participar en la cocina.

En las elecciones pasa igual. Probamos un partido, luego otro, luego otro y no terminamos de entender que más que los colores que lo identifican lo que importa es el candidato, su trayectoria, sus valores, su capacidad de actuar y conectar.

Las más de las veces el ciudadano promedio vota por impulso, desde el estómago: el candidato más guapo, el que ha venido en más ocasiones a mi colonia, el que me cae bien o el que conozco porque lo veía en… la tele, la novela, el futbol, lo que sea… y francamente decidir por impulso casi siempre sale mal.

El tema es que la responsabilidad de educarnos en política y civilidad depende de nosotros mismos. Tenemos que aprender a escuchar con atención durante las campañas, no dejarnos impresionar por eventos estrafalarios o promesas imposibles de cumplir. A ver si de una vez entendemos que no existe el mesías que nos rescatará de la pobreza, el desempleo, la precariedad, la violencia… Sin embargo, sí existen políticos muy conscientes de las condiciones en las que vive su gente. Sí hay políticos capaces de llevar a cabo estrategias para levantar la economía y con muy buenas ideas para procurar el bienestar social. Son seres humanos con cualidades y defectos, como cualquiera de nosotros pero con un profundo compromiso con la gente. A esos hay que escucharlos. Hay que conocerlos. Tendríamos que hacer un ejercicio de empatía para detectar qué tiene ese candidato con lo que yo me identifico, qué me hace clic de él o de ella, cómo lo percibo.

Asimismo, hay que pensar qué significa él para mí, qué cosas de su trayectoria me hacen pensar que hará un buen trabajo en una nueva posición, y cómo se relaciona con los demás.

No es fácil, porque las campañas se construyen por episodios muy breves en donde se trata de ganar los reflectores y existen pocas ocasiones para tener un diálogo o a menos escuchar las propuestas del candidato. Y como todos se mueven en ambientes bulliciosos, con regalos y fiestas y música guapachosa, ninguno se puede quedar atrás.

Sin embargo espero, que poco a poco, y contienda tras contienda, les vayamos exigiendo más realidad y menos show, más diálogo y menos ruido, más conciliaciones y menos pleitos. Para que de esta manera podamos empatizar con nuestro candidato, pensar nuestra elección y votar con la tranquilidad de que las cosas van a estar mejor.

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