FOTO: Posta/ Saúl García
FOTO: Posta/ Saúl García

“Desde Estados Unidos las voces de alarma no coinciden con la seguridad del gobierno mexicano de estar ganándole al crimen organizado.

El ex-zar del combate a la droga, Barry Mac Caffrey, asegura: «México se encuentra al borde del abismo y se puede convertir en un narco estado en la próxima década» (29 de diciembre de 2008).

En materia de regaños a los demás, otra forma de las prevenciones apocalípticas, Felipe Calderón es enfático: «Habría que preguntarse cómo es posible que hayamos como pueblo sido capaces de tolerar que semejante barbarie penetrara en la sociedad mexicana, que se asentara en nuestras calles, que penetrara en nuestras autoridades…» (15 de febrero de 2009).

Los grupos del narcotráfico tienen su ejército, sus propios policías, su equipo de inteligencia y espionaje, sus propios financieros con los que estudian el mercado.

Además, ya cuentan con territorios y ciudades, como reconocen dos secretarios de Gobernación (Juan Camilo Mouriño y Fernando Gómez Mont), sobre determinan un buen número de gobiernos locales por medio del apoyo o la intimidación o la mezcla de persuasiones, pagan candidaturas a diputaciones y alcaldías, se asocian con empresarios y banqueros, manejan cifras espectaculares de lavado de dinero (actividad casi lícita en la medida en que no se investiga) y compran en EEUU armamentos de primer orden.

En síntesis, desafían al Estado mexicano en varios aspectos y ponen en entredicho el funcionamiento de diversas instituciones, no solo de justicia.

Cifras de enero y febrero de 2009: Cerca de 1.020 personas asesinadas por causa del narcotráfico, muertes que no se investigan; hay atentados (la mayoría exitosos) contra jefes policíacos, presidentes municipales, autoridades judiciales, incluso contra un general encargado de la lucha contra el narcotráfico en Cancún; la violencia se extiende en todo el país, aunque sobre todo en la frontera con EEUU, abundan los secuestros a cargo de los narcos en sus «horas libres», o de delincuentes influidos por la atmósfera de la sobreabundancia de armas; aterrados por los secuestros y los climas de violencia en ciudades como Juárez, Tijuana, Reynosa, Matamoros, Nuevo Laredo, quienes pueden se trasladan a la zona fronteriza de EEUU; la vida nocturna se extingue de un buen número de ciudades por la toma delincuencial de restaurantes y discotecas.

Las autoridades de EEUU declaran «zona de gran riesgo» a la Frontera Norte de México; en dos años han muerto asesinados cerca de 1.000 soldados y policías; se acrecientan los choques entre integrantes de los carteles y las fuerzas de seguridad; luego de años de señalarlo la población entera, las autoridades, el presidente de la República incluido, ya reconocen la penetración del narcotráfico en las fuerzas de seguridad.

Es dudosa la presencia del Ejército en las calles como garantía de seguridad, abundan las protestas sobre violaciones de mujeres y saqueos a escala, y hay disgusto por los daños causados por las tropas: el gobernador de Chihuahua pide que se retire el Ejército de su estado y el gobierno federal se niega.

La guerra entre los carteles y el desafío permanente a las fuerzas de seguridad deprecian aún más el escasísimo valor concedido a la vida humana. ¿Cuántos han muerto en dos años? La cifra es imprecisable porque muchos asesinatos no se registran y porque los datos abrumadores (en un día 42, 23 o 15 víctimas) anestesian el registro sensible de la sociedad. Algo básico: ¿cuántos son los beneficiados en algún nivel por el crimen organizado? ¿Un millón, dos millones?”

Hasta aquí la cita, a veces hurgar en el pasado no puede permitir observar a detenimiento lo que sucedía en México hace ya casi 10 años, cuando gobernaba Felipe Calderón, no se trata de hacer comparativos, pues el incremento en la población definitivamente ha escalado las cifras.

Sin embargo es bueno recordarlo, pues todo lo anterior aquí consignado y entrecomillado, antes de partir al viaje definitivo el 19 de junio de 2010 LO ESCRIBIO CARLOS MONSIVAIS.

Jorge Alberto Pérez González

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