Con Trump EU estaba en camino de una confrontación interna de consecuencias inimaginables.

No es que la vida vaya a ser diametralmente distinta con Biden. Como fuere, no se debe soslayar que Trump representa, no representaba, elementos de algunas de las ideas de la sociedad estadounidense, quizá las más ominosas, pero al fin y al cabo las representa y junto con él van millones de personas que creen en supremacía blanca, armamentismo, desprecio y en el ponerle fin a una de las esencias de la nación, la migración.

Con Biden muchas cosas pueden cambiar, porque es parte de una formación ideológica diferente en donde lo importante es el diálogo, el respeto por el otro, los derechos humanos, la migración, el medio ambiente, entre otros asuntos que lo han acompañado en su formación y desarrollo político y personal en su experimentada vida.

El primer reto para Biden es cambiar los ánimos de los estadounidenses, buscando por encima de otras prioridades atender los problemas en materia de unidad e integración. Hay sectores que se sienten fuera y ajenos a su propia nación. La pobreza está siendo un factor fundamental de división, particularmente entre la raza blanca.

Si alguien entendió esto fue Trump quien apeló a argumentos racistas para ganarse su simpatía. El señalado expresidente hizo de su campaña y su gobierno la manifestación más acabada de odios, enconos y confrontación, la cual tuvo en la toma del Capitolio su expresión más ominosa.

Biden ha dado claras pruebas de que entiende todo esto, lo que habrá que ver es si tiene la capacidad para transformar en lo básico la dinámica de lo que está viviendo el país.

Su discurso del miércoles da pie a pensar que tiene claridad. Tuvo la virtud de concentrar su atención en la situación interna, prueba de ello es que siendo que la política exterior es un elemento fundamental en la vida de EU sólo le dedicó un párrafo.

Todo indica que no quería que los temas internos pasaran a segundo plano, igual sucedió con el narcotráfico, el profundo problema de consumo de drogas en el país, y con el muy controvertido tema de las armas.

Se concentró en lo local, porque sabe que mientras no se vean cambios internos importantes y no haya alternativas los problemas se van a agudizar, habrá mayor división y su capacidad de maniobra será escasa por más que encuentre empatía entre muchos gobiernos en el mundo.

Biden es sinónimo de cambio, su gran reto es que logre instrumentarlo y que pueda cohesionar a una nación en donde más de 70 millones de habitantes optaron por su adversario.

Dentro de los asuntos internos uno de los temas es México. La mutua dependencia en todos los órdenes, señaladamente la económica, obliga a Biden a considerarnos como parte de sus genuinos intentos de nueva gobernabilidad.

Lo que no se aprecia es que el Gobierno mexicano entienda lo que puede representar el cambio. A López Obrador le importa poco o nada tener comunicación con Biden, siendo que en términos de una relación bilateral de gran interdependencia resulta fundamental tratar de comunicarse, al menos como un principio de vida.

Si de por sí existen elementos de controversia con EU, algunos de ellos con el nuevo gobierno, la poca relevancia que le otorga a tener comunicación con el nuevo presidente puede acabar viéndose como un desdén.

La “buena relación” que tuvo López Obrador con Trump es relativa. El personaje nos pasó a menudo por encima, supondríamos que debería tener más coincidencias con Biden.

Por lo que se lee no es así. Lo que se alcanza a ver es que no se tiene de la más pálida idea de lo que viene.

RESQUICIOS

Los señalamientos del testigo protegido sobre el caso de los normalistas alcanzaron a Omar García Harfuch. No se le ha concedido valor a lo expresado sobre el funcionario a “Juan”, que todo indica es Gildardo López Astudillo, Cabo Gil. Siendo así, no hay manera de creer su versión sobre la desaparición de los normalistas.