Desde el cuestionado triunfo de Felipe Calderón en 2006, la relación Gobierno y medios ha sido por lo general de confrontación.

Los grandes medios se han ido acomodando ante los nuevos escenarios políticos. Calderón tuvo a la mano tomar decisiones importantes para establecer una nueva relación, pero al final todo acabó en las complicidades de ida y vuelta.

La gestión del panista terminó sobrellevando las grandes cadenas de televisión y radio, en tanto que la prensa escrita y la inicial presencia de las redes se convirtieron en el eje de la crítica. Calderón fue señalado por muchos medios y periodistas, lo cual en función de los actuales escenarios es importante recordarlo.

Con Peña Nieto todo fue efectivamente un batidillo. La complicidad se fue diluyendo porque para los medios era casi imposible defender al Presidente, aunque no desapareciera la relación complicidad-dinero.

Es cierto que López Obrador está siendo el Presidente más observado y quizá más criticado. Son diversas las razones, destaquemos dos: por un lado, el Gobierno con todo y los trompicones en los que anda está abordando y afectando estructuras anquilosadas cargadas de intereses.

La forma bajo la cual se están haciendo las cosas es lo que se cuestiona. La fórmula de “tengo otros datos” está enfrentándose con la terca realidad, lo que está llevando a una serie de inquietudes de empresarios e inversionistas, al tiempo que la economía en algunas áreas se encuentra congelada y sin crecimiento.

Tiene razón el Presidente cuando habla de la dificultad de mover el elefante, el problema está siendo hacia dónde lo quiere mover. El verdadero reto es la economía, la cual muestra pocos signos alentadores.

Por otra parte, la relación medios-López Obrador no ha sido fácil. El Presidente ha arremetido contra los medios lo cual en muchos casos se pudo evitar. Estamos también ante otro hecho inédito, por lo general los presidentes hacían mutis o pasaban de largo a los medios bajo el lamentable “ni los veo ni los oigo”. Con López Obrador, para bien y para mal, esto no se da ni por asomo.

Si estamos ante inéditos no hay manera de que la vida política del país tenga referentes. Muchas cosas se van viendo y resolviendo sobre la marcha, a lo que se suma que algunas reacciones del Presidente son de botepronto, lo que lleva a que los escenarios se enrarezcan y que se pierda de vista qué es importante y qué asuntos pueden ser eventualmente distractores.

Hace unos días estábamos en medio del delicado y pendiente asunto de Culiacán y hoy, de la noche a la mañana, estamos hablando de golpe de Estado, de bots y de conspiraciones sin tener muy claro a qué se debe; en el mundo de las especulaciones todo cabe y muy probablemente también se apueste a ellas.

Lo que está claro es que ya nadie se queda sin responder, lo cual tiene un lado altamente positivo, pero por otro ahonda la confrontación y la incomunicación.

Una nueva variable es el hecho que los militares están mostrando una faceta diferente. Algunos de ellos no tienen empacho, con razón, de opinar.

No vemos intentona golpista detrás del discurso del general Gaytán. Su opinión adquiere particular relevancia por Culiacán, pero detrás de ello también están los muchos años de colocar a los soldados al límite, lo cual está fuera de sus funciones originales; no se puede soslayar el hartazgo militar de años.

Día con día al Presidente le van apareciendo detractores y críticos con los cuales debe saber lidiar, por más que le merezcan poco respeto. Estos días se le ha visto por primera vez impaciente y con respuestas cuestionables.

López Obrador está en medio de sus semanas más difíciles y no se está ayudando.

RESQUICIOS.

La economía argentina vive noches negras. Alberto Fernández no fue a Brasil, como usualmente lo hacen sus presidentes electos. Su visita a nuestro país cambia la perspectiva para la próxima gobernabilidad en el país. López Obrador está por la integración más que por la creación de un frente.