Quizá ayer fue el día más difícil que haya tenido López Obrador desde que ganó las elecciones, hace más de un año.

El impacto de la renuncia de Carlos Urzúa no sólo está en la renuncia misma, sino en el contenido de la misiva que le envió al Presidente. Explica con claridad las dificultades internas que tenía para ejercer su cargo.

Lo dicho por Urzúa tiene, además, cuestionamientos que no se pueden soslayar: “se han tomado decisiones de política pública sin sustento, resultó inaceptable la imposición de funcionarios sin conocimiento de la Hacienda Pública”. Lo que menciona a continuación no puede quedarse sólo en una simple explicación; merece una investigación, porque, de comprobarse, estaremos ante un delito: “esto fue, asegura, motivado por personajes influyentes con un patente conflicto de interés”.

Las consecuencias se dejaron sentir de inmediato, particularmente en la cotización del dólar. La sensible baja en la Bolsa Mexicana de Valores se debió a una serie de razones. La renuncia de Urzúa fue una de ella; pero no necesariamente la central, como se quiso hacer ver.

Lo que sería un grave error, con consecuencias en el ejercicio del poder, es andar como si nada hubiera pasado bajo el “se va uno, pero ya tengo al sustituto”. La explicación del Presidente en la presentación de su propuesta del nuevo titular de Hacienda, en la persona del sensible y avezado Arturo Herrera, pareció que lo que quería era cerrar la puerta sin hacer acuse de recibo: “él no está conforme con las decisiones que estamos tomando”.

Las renuncias en los gobiernos van y vienen. El gran problema que enfrenta López Obrador es que no estamos ante ajustes de su gabinete, sino ante renuncias, que de fondo tienen argumentos y razones que cuestionan y que debieran llevarlo a hacer un análisis de lo que hasta ahora se ha hecho; ante esto no tiene sentido el “voy derecho y no me quito”.

Como era de esperarse, algunos han salido en defensa de López Obrador; de la noche a la mañana, todas las virtudes que presumían de Urzúa desaparecieron por arte de magia; o más bien, por arte de su renuncia. Hay que reconocer que era un buen funcionario, que es un buen profesional y que al final actuó en conciencia.

En algún sentido, las renuncias de Germán Martínez como director de IMSS y la de Carlos Urzúa tienen puntos coincidentes. Las dos apuntan a diferencias internas en las estrategias económicas y en el diseño de las políticas públicas.

Los dos personajes no sólo tienen buena fama como profesionales; en su trabajo en este sexenio fueron reconocidos y suponemos que por todo ello y más fueron designados por el Presidente en sus estratégicos y sensibles cargos.

Algo no está funcionando; o si se quiere, algo se tiene que ajustar. Se han dado a conocer encuestas de empresas serias, en las que el Presidente empieza a pagar los estragos del ejercicio del poder y de las decisiones que ha tomado, en forma y fondo; era previsible.

La gran ventaja que tiene el Presidente son sus altos niveles de aceptación y popularidad. Sin embargo, empieza a estar cada vez más expuesto y con renuncias como la de ayer. También le renunció el director de la Unidad Antisecuestros de la FGR. Además de expuesto, también empieza a ser cuestionado.

Un elemento final a considerar sobre ayer. Carlos Urzúa no se guardó nada en su carta; es un buen dato, porque nos la hemos pasado bajo las renuncias por motivos de salud. Ofreció razones y explicaciones que no deben ser desatendidas con el argumento de que “quien no quiera seguir en el barco, que se baje, porque la 4T va”.

Lo que ha pasado estos meses obliga a considerar las renuncias como la de Martínez y la de Urzúa bajo el análisis; no con militancias ni con las tripas.

RESQUICIOS.

Jaime Bonilla, gobernador electo de BC, fue elegido por dos años, pero “gracias” al sometido Congreso, con mayoría de Morena, se va a echar cinco; el colmo, el exceso y el escándalo.