La obsesión del muro ha llevado a un punto crítico la cooperación entre México y Estados Unidos. De la integración económica y fortaleza regional, refrendada en la firma del T-MEC, hemos pasado a un escenario de realidades mixtas, de mensajes encontrados y de incertidumbres compartidas.

La obsesión del presidente Trump con el muro, responde a una motivación electoral, pero no es una obsesión vacía. Es una obsesión que tiene un propósito, que simboliza la era de populismo que vivimos, pero que se ha topado con una inminente realidad.

La migración es hoy por hoy una crisis humanitaria, política y social que ya no pasa a segundo plano, que incide en el desarrollo económico, y que va más allá de la simple matemática del Colegio Electoral. Es un asunto regional de alta repercusión, que debe atenderse como tal.

En el pasado, la política de “patear el bote” y del “mejoralito” fueron la tónica con la que la región de América del Norte avanzó en su integración económica y en su amplia cooperación sin detenerse en la problemática migratoria que compartimos y la cual se ha evadido sistemáticamente.

Pero ya no son los tiempos ni de “patear el bote” ni de buscar algún “mejoralito”. Esta obsesión por el muro podría tener su lado positivo y convertirse en un punto de partida hacia la construcción de un sistema migratorio regional entre México, Estados Unidos y Canadá.

Sonará una locura hoy, pero estoy convencido que en el futuro llegaremos a ese punto.

La obsesión del muro sumada a la obsesión por desconectarnos del multilateralismo y la globalidad no resolverán nada.

La migración hacia América del Norte es una problemática compartida como región. Es en efecto, un tema de Soberanía, que precisamente para defenderla hace falta que le entremos.