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CIUDAD DE MÉXICO.- A bordo de una pequeña embarcación acondicionada para satisfacer las necesidades básicas, un grupo formado por seis mujeres y cinco hombres emprendió un viaje para atravesar el océano Atlántico. Fue parte de un ejercicio organizado por el antropólogo español Santiago Legánez, con la intención de registrar el desarrollo de la convivencia entre los pasajeros que serían llevados, según el, a una situación límite, con el afán de descubrir a través de ellos el origen la violencia. Y es la base de La balsa.

A estas alturas, más que a una investigación, la idea suena a la premisa de una producción precursora de los reality show. Y si, en parte lo era, basta escuchar los escritos del impulsor del proyecto —que son narrados con la voz en off del siempre eficaz Daniel Giménez Cacho—, en donde utilizando argumentos como “en favor de la ciencia” entre los detonantes, incluía el uso tramposo del sexo.

Pero también había cierto idealismo en la propuesta, tal y como lo comprueba la atención inicial de los medios —postura que luego se retorcería—, el mensaje de aliento enviado por parte de las Naciones Unidas y, por supuesto, la fiel creencia de que encontrarían la respuesta para resolver los conflictos del mundo. En fin, eran los setentas.

Claro que el trayecto funcionaría diferente, al menos para Santiago, quien terminaría por encontrar la respuesta a su pregunta en el lugar que menos esperaba. Es entonces que el asunto se vuelve un hecho curioso y relativamente interesante, pero nada más. Sin embargo, es casi cincuenta años después, que el uso preciso e inteligente de las herramientas del documental llega para completar el experimento y convertirlo en una pieza fílmica seductora y de inesperada vigencia.

El ir intercalando segmentos de las grabaciones originales realizadas en aquel pequeño vehículo que tenía como fondo la inmensidad del océano, con los actuales testimonios de los siete protagonistas que aún siguen vivos, filmados mientras recorren una reproducción del mismo colocada en una cámara negra, hace que el contraste le otorgue un sugerente sentido escénico al relato, acompañado de algunos recursos teatrales, para ir empujando los cuestionamientos en el espectador, a partir de las sutilezas que acompañan los sentimientos resultantes del encuentro entre pasado y presente.

El machismo disimulado detrás de una supuesta apertura intelectual —lo que significa subestimar la naturaleza humana— el doble discurso que evidencia las pretensiones de ponerse por encima de mujeres capaces en su respectivo ramo, y que además supuestamente fueron elegidas por ello para participar, son parte de una serie de apuntes que en esta reconstrucción se terminan de dimensionar y enriquecer. Todo mientras el director sueco Marcus Lindeen se da el lujo de ir transitando por tonos distintos, que mantienen la consistencia del ritmo y atienden al espíritu del entretenimiento.

La Balsa es una reflexión de alta manufactura, que a pesar de lo extravagante del material que le sirve de punto de partida, evita el sensacionalismo y los juicios de valor, y gracias al cine lleva a otro nivel las respuestas un tanto obvias obtenidas por aquel experimento social, y que dada la realidad que hoy vivimos, pareciera que hace mucha falta que nos las avienten nuevamente a la cara.

CON INFORMACIÓN DE LA RAZÓN